Lira
(Surcos y Rimas)
Yo pregunto, en la partida,
¿por qué será que cantamos?
¿Qué acordes necesitamos
para bien-vivir la vida?
¿Cuál es la justa medida
de amor, trabajo y pasión?
Al timón, ¿qué dirección
me asegura alcanzar puerto?
¿Sobreviviré al desierto
entonando una canción?
Saludamos afectuosamente a nuestros lectores en este segundo número de La Sinalefa, y agradecemos la positiva recepción que ha tenido nuestra revista. Junto con ello, compartimos preguntas esenciales que todo cantor se formula en la quietud de la partida.
¿Por qué el canto está tan profundamente enraizado en nuestro ser y devenir? ¿Por qué, al cantar, experimentamos esa satisfacción que roza lo inefable?
Una respuesta inicial pareciera habitar en la matriz de la humanidad. Desde tiempos inmemoriales, las madres de todo el planeta arrullan a sus bebés con melodías. No importa el continente, la cultura o la religión: el impulso es universal. El canto es nuestro primer lenguaje. Es el cordón umbilical que nos une a los antiguos y nos proyecta hacia el futuro.
El canto puede ser un acto de alabanza y obediencia establecido desde los tiempos de los Salmos, para exaltar la majestad divina. De allí surge el proverbio medieval: «Quien canta ora dos veces», al que San Agustín agregó: «Cantar es propio de quien ama». Esta expresión nos provee un soporte vital en la adversidad. Porque el canto fue bálsamo en los ritos fúnebres y aliento en las faenas de la esclavitud. En las antípodas, es la columna vertebral de nuestras victorias, bodas y nacimientos.
Nuestras motivaciones suelen ser profundas. Cantamos porque la palabra empeñada en una décima posee peso: el gravitante peso de ser una propuesta de ordenamiento del caos. Ante la muerte de un infante -que pasa a ser un angelito-, ante las injusticias del tiempo, ante la inmensidad y la belleza de la creación, los poetas no callamos: traducimos. Y de ese modo, el caos, se va transformando en cosmos.
Sin embargo, al mirar estos fenómenos, es preferible quizás hablar de «consecuencias» del canto antes que de «funciones» o «resultados» del mismo. Hablar de función nos acerca peligrosamente a la utilidad, y de ahí estamos a un solo paso del utilitarismo. La identidad comunitaria que se genera al cantar juntos en un templo o en el concierto de un artista admirado es una hermosa añadidura, pero jamás el fin pragmático del canto.
Cantamos, también, por una necesidad de desahogo individual: para procesar el duelo, fijar la alegría o calmar la ansiedad. El aparato fonador, al vibrar dentro del pecho, se convierte en un automasaje biológico y emocional, que disuelve la tensión. Es, además, una alineación espiritual que nos rescata del ruido cotidiano, y una afirmación de la propia existencia. Cantar es hacer audible el espacio que ocupamos en el mundo; es una manera de decir: «Aquí estoy».
Y aquí estamos, en desnudez emocional, despojándonos de las máscaras para presentarnos en completa verdad ante lo infinito; y también ante la tierra, el sarmiento, el vino navegado y la vigilia nocturna. Este acto requiere un cuerpo conectado que actúe como instrumento, donde la respiración consciente se vuelve pneuma —espíritu y vida—, permitiendo que el aire circule libremente por los resonadores corporales.
Cantamos, en definitiva, para exorcizar el miedo. Quien canta habita el «aquí y el ahora», gozando o sufriendo cada palabra, desapareciendo como intérprete para convertirse en un canal limpio donde brille la belleza de la obra.
Es aquí donde el nombre de nuestra revista cobra su total sentido. Tal como la sinalefa une dos vocales distintas en una sola sílaba para mantener la armonía del vocablo, el canto es la sinalefa suprema de la existencia: el puente invisible que une el cuerpo con el espíritu, lo humano con lo divino, la herida con la sanación.
Bajo esta luz, cobran un nuevo sentido las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña: «Miren las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta» (Mateo 6:26). Para todo aquel que se entrega a la música por amor al oficio —sea aficionado o profesional— el canto opera bajo esa misma lógica providencial: trasciende la utilidad (ya sea comunitaria o laboral), porque es, ante todo, nuestro alimento. Cantamos para nutrir el espíritu, confiados en que esa vibración nos sostiene.
En suma, cantamos porque el Verbo está en nuestra esencia y la melodía brota desde nuestro tejido humano. Cantar es, al mismo tiempo, nuestra esencia más primordial y nuestra más sutil añadidura. Un acto sin utilidad pragmática y, simultáneamente, nuestro gesto más trascendental. Las dos cosas. Al mismo tiempo. Bienvenidos a la segunda edición de La Sinalefa.
Santiago de Chile, Julio de 2026
En el verso, la sinalefa es esa figura fonética donde el final de una palabra se funde con el inicio de la siguiente;es un puente invisible que une dos sonidos en un solo aliento para que la métrica prospere. En ese mismo espíritu nace “La Sinalefa”: no solo como una publicación, sino como el punto de unión donde convergen las voluntades, los estilos y los sentires que laten dentro del Canto a lo Poeta. Nuestra revista brota desde la tierra generosa de Pirque, y extiende sus ramas para recibir, cobijar y ser vitrina para cultores de todos los rincones, edades y miradas. Queremos ser el eco donde resuenen con igual fuerza las tres vertientes que nos dan identidad: el misticismo del Canto a lo Divino, la picardía y profundidad del Canto a lo Humano, y la agudeza relampagueante de la Paya.
Cada dos meses, estas páginas digitales serán un fogón encendido para:
Honrar la vida: A través de entrevistas y biografías que rescatan la huella de nuestros maestros.
Hacer memoria: Con relatos, fotografías y documentos históricos que resguarden nuestra herencia campesina.
Vibrar con el presente: Difundiendo encuentros, videos y cada nueva expresión que mantenga vivo nuestro oficio.
El valor de este esfuerzo radica en la fidelidad a la raíz campesina, manteniéndonos firmes en la tradición, pero con los brazos abiertos a los nuevos brotes del canto. Somos una iniciativa sin fines de lucro, nacida del profundo amor al Canto, que busca ser un espejo donde cada cultor pueda reconocerse y donde el futuro pueda leer nuestro presente. Les damos una cariñosa bienvenida a este espacio.
La Sinalefa ha nacido
pa ’unir lo que está distante.
Por un futuro brillante,
pa’ nuestro Canto querido.
La revista, con sentido,
comienza en Chile a existir
Así, hemos de producir
publicación que alimenta
y que en los versos fomenta
la fe en Dios y en el Vivir
Estaremos felices de recibir comentarios, observaciones y opiniones en el correo: revistalasinalefa@gmail.com
Santiago de Chile, abril de 2026
El nacimiento de la revista La Sinalefa constituye un acontecimiento profundamente significativo para la cultura de nuestro país. No se trata solo de una nueva publicación, sino de un espacio destinado a resguardar, difundir y poner en valor una de las expresiones más auténticas de nuestra identidad: el Canto a lo Humano y lo Divino, la poesía popular y las tradiciones que nacen desde el corazón del campo chileno. En tiempos en que muchas de nuestras raíces corren el riesgo de quedar en el olvido, iniciativas como esta adquieren un valor especial. La Sinalefa surge como un puente entre generaciones, permitiendo que los saberes, las décimas, las entonaciones y las historias que forman parte de nuestra memoria colectiva rural permanezcan vigentes y puedan llegar a más personas.
Quiero expresar un sincero reconocimiento y agradecimiento a todas las personas que han hecho posible este valioso proyecto. Con convicción y amor por la cultura, han trabajado para dar vida a esta revista, demostrando un profundo compromiso con la identidad del campo chileno y con la preservación de nuestras tradiciones.
De manera especial, destaco a Juan Domingo Pérez Ibarra, Tesoro Humano Vivo, Hijo Ilustre de Pirque y destacado guitarronero, y a través de él a todos y todas quienes integran este medio, que contribuirá a preservar y proyectar nuestras raíces. Su labor ha permitido que estas expresiones sigan resonando con fuerza en nuestra comunidad pircana y en todo Chile.
Esta revista adquiere, además, un significado particularmente especial para nuestra comuna, ya que Pirque es reconocida como la cuna del guitarrón chileno, instrumento profundamente ligado al Canto a lo Divino y a lo Humano en Chile.
Que La Sinalefa sea un espacio fértil donde la tradición, la poesía y la música continúen floreciendo, proyectando nuestra identidad cultural hacia el futuro.
Pirque, abril de 2026