Distinguirse es un natural anhelo de cada cual. Ser visto y reconocido afirma procesos de individuación. No tiene sentido saberse individuo sin una comunidad que lo observe y así lo confirme y reafirme. Nuestros pares y semejantes, quiérase o no, son y somos unos espejos que reflejan la “distinción” en uno y otro. Dicha marca nos separa del grupo a la vez que nos integra de un modo “distinto” a ese mismo conglomerado.
Adminículos, prendas y maquillajes aportan en la construcción de una persona, de su máscara que funge de resonador de nuestro ser o de lo que pretendemos ser, o, finalmente, cómo queremos que nos perciban. También, formas de hablar, el léxico que enunciamos, hábitos y modales.
La masificación planetaria de nuestras sociedades, por medio de las redes (anti)sociales, más bien nos iguala en términos de estandarización, y en vez de alcanzar carisma y fortaleza de carácter, nos lleva a los estereotipos. Dichas redes mucho contribuyen a crear la ilusión de que cada individuo es visto y escuchado con algún grado de “distinción”, cuando lo que generan son corrales de guetos donde la vociferación es lo mismo que la mudez. No hay voz ni individuos, menos comunidad. En esa cancelación que aprobamos con pasividad, solo somos un producto con nuestros datos.
Pero la “distinción” mediada por los logros de nuestros quehaceres aspira a una excelencia que nos lleva al ámbito de lo “egregio”: distinguirse entre la grey, el rebaño. Y esto, de algún modo, le da identidad y raigambre a ese rebaño del cual surge. Símbolos pudieran ser medallas, diplomas, galardones, reconocimientos y la elevación del estatus de esos quehaceres y de quienes los cultivan.
Lo anterior es lo que subyace en el expediente que el Estado de Chile envió a París a las oficinas de Unesco, para que el Canto a Lo Poeta ingrese en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. “Canto a Lo Poeta” es lo que la propia comunidad de cultores identifica como su elemento: canto a lo humano y lo divino; la paya, nuestra improvisación poética, y todo el universo que lo circunda con ruedas de canto, escenarios, fiestas, devociones, danzas, estrofas y melodías, e instrumentos: guitarrón de 25 cuerdas, guitarra traspuesta y rabel. Vale decir, el riquísimo cosmos de nuestra poesía popular.
Y el Canto a Lo Poeta se ha distinguido por más de cuatro siglos en la mayor parte del territorio nacional; nos ha dado identidad, raigambre histórica y espiritual, y un sentido de pertenencia a algo mayor que la suma de todos y cada uno, con la mirada elevada hacia un horizonte común. Una comunidad que se distingue por lo que hace, y que abona el terreno para que puedan también brotar, crecer y madurar los frutos de los talentos más egregios.
La comunidad habló y el Estado procedió. La respuesta llegará a fines de 2027. Sobre el estatus, recién se inicia la reflexión: lo heredado, ¿cómo se enriquece más? Una tradición con sentido crítico de sí misma es una tradición viva.