Quienes conocen de historia
ven cosas que otros no ven.
Tienen la fuerza de un tren,
más ideas y memoria.
Saben las penas y glorias
que su pueblo ha conquistado.
Son como un campo sembrado
de futuras enseñanzas,
y cosechan la esperanza
aprendiendo del pasado.
Cuando conocí a Arnoldo Madariaga Encina yo tenía apenas 23 años, allá en Lolol en 2022. Recién estaba descubriendo el Canto a lo Poeta, pero sabía que don Arnoldo era una autoridad en la comunidad. Me acerqué esa vez un poco nervioso a saludarlo y me preguntó que edad tenía. Luego él me dijo: “Yo tengo 87… y sigo aprendiendo”.
Esa reveladora anécdota refleja algo fascinante del Canto: que nunca se deja de aprender. Adentrarse en este patrimonio es un constante viaje de exploración en que van apareciendo tesoros. Para quienes conocimos el Canto siendo adultos, esa sensación de ir “descubriendo” cosas es también muy emocionante. Porque todos los elementos de este patrimonio inmaterial en realidad siempre estuvieron aquí en Chile, sumamente cerca. Es como encontrar un tesoro enterrado en el jardín.
Como historiador y profesor de Historia, naturalmente, quise descubrir elementos del Canto a través de la investigación histórica, en épocas más antiguas. Me sorprende mucho que, siendo una tradición tan medular en la historia del pueblo de Chile, se haya estudiado tan poco desde esa disciplina. Mi hipótesis es que ha sido difícil reconstruir la historia del canto por ser una tradición oral, es decir, no existen demasiados registros o fuentes históricas del tema desde 1960 hacia atrás… fotografías antiguas, textos, cartas, grabaciones, artículos y otros registros que nos revelan información.
Sin embargo, la buena noticia es que aún tenemos en vida a cantores que vivieron esa época. Aquellos cultores que eran niños a mediados del siglo XX y recibieron de sus familiares la tradición, participaron en novenas y contemplaron a sus padres y abuelos recitar versos en la cotidianidad de la vida campesina.
Somos varios los que tenemos esta vocación por entrevistar y recopilar la memoria de los “viejos”, en el sentido más cariñoso de la palabra. En mi caso, he tratado de identificar cómo se cantaba a lo divino, cuándo se cantaba y, sobre todo, para qué. Específicamente, entre 1930 y 1960, que son épocas que bien se pueden recuperar. Puedo confiar a mis ilustres lectores que esto es parte de un proyecto de título para un Magíster en Historia Pública que estoy cursando… Por lo tanto, ahora tengo doble motivación para llevar a término un trabajo bien hecho.
Hasta la fecha he podido conversar con Bernardino Rojas (1929), Belisario Piña (1938), Domingo Pontigo (1939) y Manuel Velázquez (1942). He ido a ver a cada uno a sus hogares en la Región Metropolitana y así he podido conocer algunas de sus memorias de infancia. Próximamente planeo entrevistar a Arnoldo Madariaga Encina (1935), Rosalindo Zúñiga, Gilberto Acevedo, Juan Pérez Ibarra, Aída Correa, entre otros. Si bien algunos de estos cultores nacieron después de 1950, son hombres y mujeres que recibieron la tradición de sus maestros que conocieron la época de este estudio.
Lo impresionante de escuchar a personas que vivieron esa época es que empieza a tomar vida un relato de un mundo completamente diferente. El contexto de vida rural de mediados del siglo XX en toda su dureza. Un “abismo de diferencia” me decía don Bernardino al comparar la infancia suya con las infancias actuales… que no tienen que trabajar cuidando cabras; o don Beli que me dijo que “gracias a Dios nunca pasó hambre”, reflejando que eso era un escenario posible (y más que posible, bastante frecuente). Y qué decir de los velorios de angelito… “era muy común en ese tiempo” me confirmaban Manuel y Domingo.
Todos estos relatos en carne propia fueron dando vida a lo que se puede conocer en los libros. Las dramáticas estadísticas de la mortalidad infantil, los relatos de Violeta Parra, los artículos de Manuel Dannemann y las investigaciones de Juan Uribe. Esta investigación me ha permitido establecer un puente con esas personas curiosas, como yo, de mediados del siglo XX. Una suerte de diálogo con esos autores y todos los cultores que conocieron y que ya no están. Como sentarse a tomar once junto a todos ellos. Esta experiencia de hermandad con personas del pasado la puede vivir cualquier persona que se interese por la historia.
Con esta recopilación de memorias de los cantores mayores no sólo pretendo hacer un aporte a la historia del canto a lo divino en Chile, sino también a nuestro país. Por ser éste uno de los patrimonios que refleja de mejor modo el estilo de vida, la expresión, la cosmovisión y la cultura que rodea a buena parte del pueblo chileno de la zona central.